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·El homenaje de Gabriel García Márquez·

In "Gabriel García Márquez - Notas de Prensa : 1980-1984" Madrid Mondadori España 1991

Hace algunos años, en el curso de una discusón literaria, alguien preguntó cual era el mejor poeta 
actual de Francia, y yo contesté sin vaciliación: Georges Brassens. No todos los que estaban allí 
habían oído antes ese nombre - unos por demasiado viejos y otros por demasiado jóvenes -, y 
algunos que menos preciaban porque era autor de discos y no de libros dieron por hecho que yo lo 
decía por desconcertar. Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en 
los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además 
tenía razón.
Para ellos, más que para el resto del mundo, Georges Brassens ha muerto la semana pasada a los 
sesenta años, frente al voluble mar de Sète que tanto amaba, y donde tenía su casa llena de flores y de 
gatos que se paseaban sin romperse entre la vida real y sus canciones. Sólo que no murió en ella; su 
discreción legendaria era tan cierta, que se fue a morir en la casa de un amigo para que nadie lo 
supiera. Y la mala noticia no se conoció hasta 72 horas después por una llamada anónima, cuando 
ya un reducido grupo de parientes y amigos íntimos lo habían enterrado en el cementerio local. No 
podía ser de otro modo: para un hombre como él, la muerte era el acto personal más secreto de la 
vida privada.
Así fue siempre. Había nacido en 1921, en la casa de pobres de un albañil que deseaba para su hijo el 
mismo oficio. Como todos los niños con vocación vital, el pequeño Georges detestaba la escuela por lo 
que ésta tenía de cuartel. Una maestra desesperada acabó de rematarlo: lo encerró con llave en un 
ropero durante varias horas, y cuando por fin lo liberaron habían germinado en su corazón, para 
siempre, las semillas de la anarquía. Su odio a la autoridad y a toda norma establecida fueron el 
sustento de sus canciones más hermosas. Para él no había más luz en aquellas tinieblas que la 
independencia personal y el amor. Una vez cantó: "Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte 
lenta". El Partido Comunista francés puso el grito en el cielo en nombre de tantos compatriotas muertos
de muerte rápida durante la resistencia.
En realidad, Georges Brassens carecía por completo de instinto gregario. Llevaba una vida tan 
reservada, que todo lo que tenía que ver con él andaba confundido con la leyenda, y uno se 
preguntaba a veces si de veras existía. Aun en su época de mayor esplendor, hacia la mitad 
de los años cincuenta, era un hombre invisible. Nadie sabe cómo lo convenció René Clair de 
que actuara en una película, y él lo hizo muy mal, abrumado por la vergüenza de ser el 
centro de la atención; pero en cambio cantó una ristra de canciones originales que se 
quedaban resonando en el corazón. El tiempo - decía en una de ellas - era un bárbaro de la 
misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasaba no volvía a crecer jamás el amor.

Fuerza lírica

Lo vi en persona una sola vez cuando su primera presentación en el Olympia, y ese es uno de 
mis recuerdos irremediables. Apareció por entre las bambalinas como si no fuera la estrella de 
la noche, sino un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo albororado y 
unos zapatos deplorables, como los que usaba su padre para pegar ladrillos. Era un oso tierno, con los 
ojos más tristes que he visto nunca y un instinto poético que no se detenía ante nada. "Lo único 
que no me gustan son sus malas palabras", decía su madre. En realidad, era capaz de decir todo y 
mucho más de lo que era permisible, pero lo decía con una fuerza lírica que arrastraba cualquier 
cosa hasta la otra orilla del bien y del mal. Aquella noche inolvidable en el Olympia cantó como 
nunca, agonizando por su miedo congénito al espectáculo público, y era imposible saber si llorábamos
por la belleza de sus canclones o por la compasión que nos suscitaba la soledad de 
aquel hombre hecho para otros mundos y otro tiempo. Era como estar oyendo a François 
Villon en persona, o a un Rabelais desamparado y feroz. Nunca más tuve oportunidad de 
verlo, y aun amigos más cercanos lo perdían de vista. Poco antes de morir, alguien le preguntó que 
estaba haciendo durante las jornadas de mayo de 1968, y él contestó: "Tenía cólico nefrítico". 
La respuesta se interpretó como una irreverencia más de las tantas que soltó en la vida. Pero ahora se sabe que 
era cierto. Sin que casi nadie lo supiera, había empezado a morirse en silencio desde hace más de 
veinte años.
En 1955, cuando era imposible vivir sin las canciones de Brassens, París era distinto. Los parques 
públicos se llenaban por las tardes de ancianos solitarios, los más viejos del mundo; pero las parejas 
de enamorados eran dueñas de la ciudad. Se besaban en todas partes con besos interminables, en 
los cafés y en los trenes subterráneos, en el cine y en plena calle, y hasta paraban el tránsito para 
seguirse besando. como si tuvieran conciencia de que la vida no les iba a alcanzar para tanto amor. 
El existencialismo había quedado atrás; sepultado en las cuevas para turistas de Saint-Germain-des-Prés,
y lo único que quedaba de él era lo mejor que tenía: las ansias irreprimibles de vivir. 
Una noche, a la salida de un cine, una patrulla de policías me atropelló en la calle, me escupieron la cara y
me metieron a golpes dentro de una camioneta blindada. Estaba llena de argelinos taciturnos, recogidos a golpes
y también escupidos en los cafetines del barrio. También ellos, como los agentes que nos habían arrestado,
creyeron que yo era argelino. De modo que pasamos la noche juntos,embutidos como sardinas en una jaula
de la comisaría más cercana, mientras los policías, en mangas de camisa, hablaban de sus hijos y comían 
barras de pan ensopadas en vino. Los argelinos y yo, para amargarles la fiesta, estuvimos toda la noche en vela,
cantando las canciones de Brassens contra los desmanes y la imbecilidad de la fuerza pública.
Ya para entonces, Georges Brassens había hecho su testamento cantado, que es uno de sus poemas más hermosos.
Lo aprendí de memoria sin saber lo que significaban las palabras, y a medida que pasaba el tiempo y aprendía el
francés iba descifrando poco a poco su sentido y su belleza, con el mismo asombro con que hubiera ido descubriendo,
una tras otra, las estrellas del universo. Ahora, transcurridos veinticinco años, ya nadie se besa en las calles de París,
y uno se pregunta asustado qué fue de tantos que se amaban tanto y que ahora no se ven en el 
mundo. Georges Brassens ha muerto, y alguien tendrá que poner en la puerta de su casa, como él lo pedía en su
testamento, un letrero simple: 
"Cerrado por causa de entierro".